Érase una vez en los montes de Andalucía, en la época de la posguerra, vivía una familia muy pobre de cabreros con dos hijos. Las cabras pertenecían al señorito del pueblo, y la familia se encargaba de cuidarlas y sacarlas a pastar.
Un día, una manada de lobos atacó el rebaño, matando a diez de las treinta cabras. El padre, angustiado, no sabía cómo contarle al señorito lo sucedido. Temía perder la casa y ser desterrado junto a su familia. Desesperado, decidió ofrecer al hijo más fuerte al señorito, con la esperanza de calmar su ira.
El señorito, contento con la oferta, mandó al niño a vivir con otro cabrero que residía en una cueva. Este hombre enseñó al niño a sobrevivir en la naturaleza, a poner trampas para cazar conejos y a cocinarlos.
Un día, el niño escuchó disparos cerca de la cueva y vio cómo una loba moría, dejando a su cría sola. Compadecido, el niño decidió cuidar del lobezno, alimentándolo con conejos y leche de cabra. Con el tiempo, el niño y el lobezno se hicieron inseparables.
Cuando el cabrero murió, el niño se quedó completamente solo. Incapaz de cazar, su salud empezó a decaer. Pero el lobezno, ya crecido, le devolvió el favor, dejándole cada día un trozo de conejo o de venado. Gracias a su amigo el lobo, el niño sobrevivió y ambos fueron como hermanos el resto de sus vidas.
FIN
Esta historia está basada en la vida de Marcos Rodríguez Pantoja, un niño que vivió en plena naturaleza rodeado de lobos. En 2010, Gerardo Olivares escribió y dirigió la película Entrelobos, una obra muy recomendable para toda la familia.